Todos tenemos nuestras filias y nuestras fobias. Una de mis filias son los taxis. Me gusta viajar en taxi y me gustan los taxistas. Me caen bien, son buenos informadores, buenos contadores de historias. Un barómetro bastante fiable de nuestra sociedad. Son los sociólogos de la calle. Aunque hoy poco me esperaba que uno de ellos acabara llorando al finalizar un trayecto que comenzábamos en el distrito de Sant Martí de Barcelona, con escala en Sarrià, para acabar en Sant Joan Despí.
Plaza de Sarrià (Barcelona), 14,15 horas de la tarde y de camino ya al destino final.
-¿Qué? ¿Acaba el turno conmigo?
-Todavía me queda un rato. Hoy he comenzado muy tarde. La policía ha ido a buscar a mi mujer. La he tenido que denunciar, pega a las niñas. El otro día la mayor, de 7 años estaba echando sangre por la boca cuando fui a recogerlas. Ya no puedo soportalo.
Es un taxista anónimo más de la gran ciudad -aunque para mí ya no lo es-. Una persona que lo está pasando mal después de dos años de infierno que está acabando con todas sus fuerza sy que ayer no aguantaba y se desahogaba con otro cliente anónimo, con el que primero hablaba sobre lo que podrían ser el próximo resultado de las elecciones generales de marzo. En el taxi de Barcelona se cree que ganará el PP. Es la opinión recogida en meses entre clientes muy diferentes, de distinta edad, de diferentes partes de la ciudad.
El taxista no se llama Miguel, pero es el nombre que tendrá en este post. Nació en un pequeño pueblo de Extremadura. Se casó como Dios manda, pero cuando su hija estudiaba, la que ahora es doctora, se separó. Él encontró de nuevo el amor hace 11 años con otra taxista de Barcelona. Aunque ya entonces, explica, no estaba muy fina. “Una vez, casi sin conocernos, me pidió 500 pesetas para un paquete de tabaco. Hacía algunas cosas raras. Ya tenía su problema, un problema de bipolaridad”. Ella es 20 años más joven que él. Se conocieron y se casaron. Todo funcionó bien, hasta que dejó de funcionar. “Nunca ha querido a las niñas. Las ha despreciado siempre. Yo creo a que mi niña mayor la ha dejado tonta con tantos golpes en la cabeza. Yo le decía que no le pegara, que a lo mejor un cachetito en el culo de vez en cuando sí. Pero ya está. No lo soporto, a los niños hay que quererlos, hay que educarlos. Era por su bipolaridad, cada vez estaba peor”. Aún así, Miguel no entiende como no se puede querer a un hijo, aunque estuviera enferma. “Estábamos bien y de pronto me comenzaba a insultar, me pegaba. Pero a las niñas… Eso es que no lo soporto. Lo pasaba muy mal”.
La historia, o la mala historia, está llena de malos momentos. De hipotecas que se ampliaban y de papeles que firmaba Miguel obedientemente, en ocasiones, sin saber para qué y que se traducían en más de 60.000 euros que se sumaban a la deuda contraída con el banco por la casa. Y que desaparecía de la noche a la mañana. “Me ha robado a mi y a su madre”. Pero era su mujer.
“Una vez vi unas plantas muy extrañas en casa, cuando estaba separado. Le dije: ¿Quién ha plantado eso? Y me contestó que ella de malas maneras. ¡Si pesa 127 kilos y no se puede mover! Las vi otra vez, cuando ya estaban crecidas y me llevé una hoja. Pregunté a amigos que saben de plantas y me comentaron que era marihuana. Por lo que se ve las plantaba un vecino con el que me parece que estaba liado. Otro me comentó que por lo que se lo vendían. Era una hilera de plantas bastante importante”.
Se separó en junio. Ya no podía más. Pero quería a sus hijas, no quería renunciar a ellas.
-¿Sabe que es la titiritera?-me pregunta.
-No.
-Es una muñeca que si la aprietas se pone roja, roja. Y comienza a temblar. A titiritar. Yo le regalé una a mi hija mayor. Un día me dijo que ella se había puesto como la muñeca. Que la mama, cuando la estaba peinando comenzó a agarrarla del cuello. Que ella comenzó a ponerse roja.
Los ojos del taxista se van enrojeciendo.
En junio se separaron legalmente. “Ella quería la total custodia. Yo también, pero la abogada me dijo que en estos juicios ni escuchan a los padres. Que mejor llegar a un acuerdo. Delante de su abogado se lo dije. La amedranté. Le dije: Tú ya sabes que estás enferma. Lo puedo decir y puedes perder a las niñas. Mejor custodia compartida”. Lo consiguió. Una semana él y otra semana ella. Pero los golpes se convirtieron en malos tratos sistemáticos. “No he podido más. Mira, estos son mis hijos”. Me enseña una foto de la doctora, de sus dos niñas y de su otro hijo. Baja un momento del coche y abre el maletero, me saca la denuncia. “Yo le tengo que pasar a ella una pensión y ella a mí. Tampoco me la pasa y eso que no llega a doscientos euros. Las niñas les da igual, pero que no les haga daño. La mayor la tengo en psicólogos. Ya no puedo más. Esto se tiene que solucionar”.
El taxista suspira.
-Siempre había soñado con jubilarme a los 60 años. Este año cumpliré 65. Y voy a tener que seguir trabajando para mis hijas. No puedo más. Quieron pensar que a partir de ahora todo irá a mejor. ¿Porqué el mundo es así?
También hay hombres maltratados. Y también taxistas maltratados.
Lo que parece claro es que todos necesitamos desahogarnos en algún momento… la de historias buenas y malas que se cuentan en los taxistas… y la de sensaciones buenas y malas que habrán experimentado viajeros como tu.