Hace días que tenía ganas de escribir sobre él y ahora, por fin, he encontrado el momento. El pasado 5 de marzo empecé el día de la peor forma que se puede empezar, con el funeral de un amigo. En algún post ya me había referido a él, incluso su nieta ha hecho un comentario que recibí con mucho cariño. El pasado 5 de marzo fue el funeral de Pere Orriols. Sinceramente, cada vez que pienso en él, se adueña de mí una triste sonrisa. Pere -Aranguren como firmaba algunos de sus textos que edité en el Far- había alcanzado la posición de mito en la comarca del Baix Llobregat, entre el gremio de los que nos dedicamos a la información. Mito porque no es muy habitual que un abuelito de 80 años no haya arrojado todavía la toalla y se dedicara a hacer lo que más le gustaba, el periodismo. Y además local, que es el auténtico. Mito porque entre todos los que lo conocíamos el sentimiento que provocaba era el de cariño. Siempre con un sonrisa y con un “Què tal, trempat?”.
De hecho, si no me equivoco la primera vez que me tocó hacer una información con un fotógrafo codo a codo (algo tan habitual ahora, y estoy hablando ya de varios años) me tocó con él. Era, ante todo un caballero de la información. Trabajar con él, compartir ideas, era compartirlo con una persona aconstumbrada a otra forma de hacer periodismo, de otras épocas. Y eso era siempre, ya sólo por las formas, muy llamativo. Todos los que nos encontrábamos con él teníamos la oportunidad de aprender cómo era nuestra profesión años atrás, el estilo, la forma de hacer y como era un perfecto caballero de la información que seguía en activo, que seguía desmotrándonos a todos que podíamos trabajar en un medio o en otro, pero que el único profesional con pedigrí era él. Algo de lo que no se pavoneaba nunca. Pere era más de echar una mano, su humildad le impedía vender méritos propios. Era más de alabar los ajenos.
Y eso que era de las pocas personas que conozco que tenía verdadero derecho a pavonearse de sí mismo si quisiera. Lo suyo fue una historia de cariño, hacia los suyos -en el momento que tenías más confianza con él, sí que hablaba de su familia, y con mucho orgullo- y hacia la profesión. De ésto, normalmente, sólo hablaba si se le preguntaba. Fue un periodista de vocación. Sólo se podía ser así para dejar la fábrica en la que trabajaba de noche, para al amanecer coger la cámara y la libreta e ir a buscar noticias. Y no ahora, sino en los años 50 cuando existían censuras y muchas más dificultades de las que nos encontramos ahora. Fraga ni siquiera había pensado su Ley de Prensa, la que seguía propugnando censura, pero por lo menos a posteriori.
Medio siglo de profesión y seguía estando en primera línea. Me acuerdo, no hace mucho, unos cuatro años, en un caso de un desalojo okupa en Cornellà que se convirtió en una batalla campal en medio de la ciudad. Todos esperábamos fuera, habíamos de todos los medios. El único periodista que consiguió entrar en la casa okupa y conseguir fotos del búnker fue el Pere. “Claro, es que conozco a estos ’nois’, son de Molins”, dijo ante otros fotógrafos y ante todos nosotros. Tenía lo fundamental, un periodista que a pesar de vestir canas seguía siendo de la calle. Lo más importante. Y conservaba lo que mucho pierden en el camino, la humildad.
Pere se había convertido de alguna forma en el abuelo profesional y entrañable de todos los que hacemos periodismo en el Baix Llobregat, vivimos por aquí o comenzamos en estas tierras. Y, por supuesto, se le va a echar de menos. Sin saberlo ha sido ejemplo para muchos y, de alguna forma maestro en las formas de hacer. Afortunadamente todo eso impedirá que le olvidemos. Todos tenemos algo de él y le debemos demasiado para olvidarlo.
Un abrazo amigo