El otro día fui a IKEA para encargar una cocina. Eran las nueve de la noche, pero no fui el único que tuvo la idea. Se formó cola.
Inmediatamente, se sumaron cuatro personas más de la sección de cocinas a los dos dependientes que había y que ya no daban abasto. Un amigo, al que llamo pitufo gruñón porque suele gruñir –no soy excesivamente original en poner nombres ni en elegir el momento de encargar cocinas- me ha contado la misma historia varias veces: Un español se va a trabajar a Suecia, a la Volvo. Cada día va con un compañero de ese país a la planta, quince minutos antes de que comience el turno, y aparca el coche al final del parking. Han de caminar un cuarto de hora. Cada día. Un día no puede más y el español, medio cabreado, le comenta que no entiende porque si llegan antes que nadie dejan el coche en el extremo del parking. El sueco no lo entiende y le contesta: Porque así el que llegue tarde o a la hora podrá aparcar a la entrada de la fábrica.
En el 92 hubo una importante sequía. Hace siete años también y en los posteriores se han dado situaciones peliagudas. El ciudadano no puede regar, lavar el coche o estar muchos minutos en la ducha. Por miedo a las sanciones o a crearse mala conciencia. ¿Al ciudadano lo votan para que encuentre soluciones? ¿Para hacer pantanos? ¿Para proyectar y hacer desalinizadoras? ¿Para hacer trasvases, o cómo dicen algunos, ‘captaciones’?
Publicado en El FAR el 11 de abril del 2008