No sé porqué pero una de mis obsesiones son los olores. Huelo siempre, todo y detecto rápidamente los malos olores. No es una reflexión excesivamente profunda pero llegaba a esta conclusión viendo el otro día El perfume y oliendo a pies en la celebración de Nochevieja.
El olor a pies puede llegar a ser algo terrible y yo diría que incluso dañino. Es muy difícil de librarse de él, por lo menos del ajeno, y, al menos varias veces al año, se está condenado a sufrir varias oleadas. Sobretodo en verano, en ruedas de prensa cerradas y con la mayoría de los asistentes en sandalias. Todos somos culpables, a todos nos huelen los pies, diga lo que diga la gente, aunque la intensidad no es siempre la misma. A mi me huelen, salgo del armario, pero por épocas. Quiero decir, hay días que más y otros que menos -tan poco, que el olor es prácticamente imperceptible, pero ahí está-. Afortunadamente, no suelo rozar el riesgo de peligro radicativo.
Pero existen casos muy duros. Yo creo que en esto del olor a pies, de alguna forma, estamos marcados todos los que fueron mis compañeros de facultad del tercer año. Yo, por lo menos, sigo marcado. Siento ser un acusica pero la culpable fue una chica de la tarcera fila. Venía a clase menos que yo, afortunadamente para mis compañeros. No quiero ser cruel ni quiero que lo parezca, pero se trataba de una chica que reivindicaba vivir sin cremas depilatorias, sin gel y sin champú. Algo que es respetable, menos cuando el verano llega a una clase mal ventilada de la Universitat Autònoma de Barcelona. El aula, de repente, se llenaba de un intenso olor nauseabundo que, durante los primeros meses, era de un extraño origen desconocido. Lo cierto es que hubo más de un profesor preocupado y algún otro que lo atribuía a las cañerías y a la falta de lluvia. Un día, un compañero y yo, descubrimos que el olor se iniciaba cuando la chica descalzaba sus pies peludos en clase. Lamentablemente para todos, ella se sentía orgullosa de su olor a pies y lo reivindicaba. Para ella no usar productos de higiene era una liberación. Una liberación para mí, mal entendida, ya que al resto nos sentenciaba a una triste y olorosa condena.
¿A qué viene esto del olor a pies? Pues precísamente porque la pasada Nochevieja me reencontré de nuevo con un intenso olor nausebundo procedente de esa parte del cuerpo (ojo que insisto que yo reconozco que a mi también me huelen, como nos huelen a todos). Nos encontábamos, a eso de las tres de la mañana en casa de Antonio y Esther. Yo, y otros asistentes, observñabamos como Lorena y mi cuñado jugaban a la wii. De pronto, un olor desagradable muy intenso nos atrapaba a todos. Nadie decía nada pero comenzaban las miradas silenciosas, algunas acusativas, causadas, sin duda, también por la inseguridad. Recordemos que parto de la base que a todos nos huelen los pies.
Las sospechas y mi obsesión por los olores hacían que, incluso, con gran temor en un momento dado me escapara al lavabo para oler los mios. Afortunadamente, sentado en la taza del water, respiraba tranquilo. No era el culpable y con una sonrisa regresaba al comedor, en donde al poco, todos conseguíamos respirar tranquilos. Era gracias al tío Manu, gracias a sus pesquisas, que desvelaban un misterio que estaba creando nuestro primer temor del año: “Joder, como le huelen los pies al crío”, dijo mirando al Héctor, el niño de tres años y medio que dormía plácidamente en el sofá con sus pies liberados.
La madre rápidamente lo reconocía. No pasa nada. Es una joya de crío y a todos nos huelen los pies. Pero esa noche, y en ese momento, fuimos muchos los que pudimos respirar tranquilos. No era nuestro momento, lamentablemente, seguro que llegará.